CÒDOLS EN NEW YORK


RAMÓN BELLO SERRANO

 

 

Publica Beneyto este Còdols en New York, como un dietario poético, camino de iniciación (sólo que Antonio viene ya muy iniciado) y búsqueda personal, descubrimiento colombino íntimo, viaje que persigue en contraposición a los otros. La pirotecnia primera se arma desde el juego de còdols y los Rolling Stones. Pues, en efecto, còdols: fragments de roca dura, més aviat petits, allisats i arrodonits per l’acció de les aigües i el rodolament. Beneyto tenía su estudio en la calle del mismo nombre y esos fragmentos de roca dura, más bien pequeños, aislados y redondos por la acción de las aguas y el rodar (el rodar postista de Antoni y las aguas de pintura) los une a la definición que de los Rollings ofrece el Ponpeu Fabra: fragments of hard rocks, usually small, smoothed and rounded by the action of flowing water and their rolling. Postismo, New York, música y cantos rodados, desde un río que mira (cuando en New York jamás se mira a los ojos de los desconocidos) a la ramera de lujo, a los negros indigentes o a los músicos de Harlem (conociendo a Beneyto, a los músicos sí que los miró). Y tras ese mirar como no miran los otros, Antonio –Antoni– que siempre ha sido un asceta, se transforma en ira contra la hamburguesa, las corbatas estranguladas, la prisa y la rabia. La rabia y la prisa. Bene –amb una abraçada– lo publicó en inglés primero, y me sugiere una breve glosa –que es lo que hago– sobre la locura y la política de Nueva York (quizá sean la misma cosa). Nuestro común Fernando Arrabal venera la piedra de la locura del Bosco y Antonio –ya dije que miró y escuchó a los músicos de Harlem– introduce su postal (postismo) múltiple del siguiente rezo: “Me alegraría que estuvieras aquí, conmigo, e iríamos juntos a escuchar música en Terra Blues de Bleecker St y a escuchar la voz de Moe Colmes, cantante negro y telonero en otro tiempo de Jimi Hendrix y Bod Dylan. Toda una auténtica representación”. Antonio, de por sí tan cuidadoso, a propósito incurre en repetición –“escuchar”– porque todo su libro (Biblioteca Intima, March editor) es una escucha, pese a que se niegue a parecerse a nadie y, al final, acaba por parecerse a todo el mundo, al mundo que el regó y que yo creo que siempre es la mujer. La mujer adivinable. Una mujer es adivinable o es nada. Siempre enredado entre los telares –escribe– que forman esta ciudad, no pararé de perseguir los diferentes olores o, mejor aún, no me detendré un minuto en mi carrera insistente y los buscaré, buscaré por si en algún rincón encuentro ese olor tuyo que un día percibí al inicio de tu espigado cuello. La mujer, claro. Y el “espigado cuello”, tan poco postista, Antonio y, precisamente por ello, en la coronación del postismo. Todo en este libro es un viaje esférico que se inicia en cualquier punto y en ninguno acaba, en su infinitud, y como en esa novela de horrísono nombre y peor literatura, en el anillo está el nombre de este dietario poético, “nada juanramoniano”, al fin JRJ es la bestia del surrealismo y, cómo no, del postista Antoni. La fotografía de la solapa es de Gemma Ferrón, difusa y convulsa, verde sobre negro, y anuncia las láminas –dibujos como siempre exactísimos– que darán preámbulo y sentido al poblador del Ensache transplantado –yo creo que con toda naturalidad y de un golpe– al New York herido. Y a su tiempo, “El tiempo, los días vuelan y yo también vuelo por Central Park para contemplar mejor todo el bloque de espejeantes rascacielos que lo circundan, como una tela de araña salvaje, que viene provocándome desde mi llegada a esta isla feroz y mágica”. Como el canto rodado.

LA TRIBUNA. Albacete, 12 de agosto de 2004.