EL NUEVA YORK DE ANTONIO BENEYTO

NICOLE D'AMONVILLE

 

 

Antonio Beneyto, (Còdols en New York. March editor. Barcelona, 2004), no es prisionero de un solo enunciado. Cuenta con una veintena de libros publicados, además de una extensa obra pictórica y escultórica distribuida en museos de Europa, América y África. Y, en ambos campos, el literario y el plástico, el creador manchego-catalán resulta tan singular como inclasificable. No es que la escritura de Beneyto sea propiamente plástica, como tampoco su pinturas es propiamente literaria, sino que en su obra pintura y literatura se retroalimentan de modo natural.

Beneyto piensa en imágenes. Muy acertadamente, Còdols en New York (publicado primero en inglés por InteliBooks, California, 2003) incluye una docena de dibujos, salpicados en diez narraciones breves, algunas de ellas auténticas secuencias cinematográficas, cargadas de humor y ambientadas en Nueva York. Un narrador en primera persona entra y sale de las escenas dibujadas por él mismo mientras deambula por las calles de la caótica urbe americana. En ocasiones, la creación de las secuencias parece responder a la escritura automática, siendo el sonido de ciertas palabras el catalizador, como atestiguan por ejemplo los vocablos en inglés que contribuyen a dar el color local. No obstante, el autor utiliza con igual efectividad y en mayor medida la técnica del dibujo y la pintura automáticas para presentar las escenas (reales e imaginarias) que van surgiendo ante sus ojos.

Beneyto es un maestro de la atmósfera. Los personajes de Còdols en New York –que poseen el mismo “factor irrealizante” (según la expresión de Cirlot) que comparten las “figuras selenitas” (en palabras de Gimferrer) que pueblan sus cuadros y esculturas– viven y respiran gracias a la atmósfera que les rodea. Una vez establecida, el creador da rienda suelta a su imaginación y dibuja “narraciones bajo el signo del caos”, tergiversando las leyes del espacio y el tiempo sin perder por ello la cohesión del lugar y la instantaneidad de la puesta en escena. Por ejemplo, hace que Nueva York se convierta en una “tela de araña salvaje” y el poeta-narrador-dibujante-guionista se metamorfosee en “vulgar arácnido”, en garrapata o en hormiga.

Esta dimensión transformista de la ciudad y sus personajes me lleva a recordar la última novela de Beneyto, El Otro Viaje (publicada en la misma editorial), una narración cuyo lenguaje trasluce un verdadero amor por las palabras que componen el castellano (y en este caso, el manchego), en la que el narrador-protagonista, que posee la facultad de transformarse en larva-gorgojo, emprende unas andanzas quijotescas por La Mancha, en tiempos modernos, recopilando expresiones y palabras en vías de extinción, pronunciadas por especies humanas, también en vías de extinción.

Pero, regresando al libro que nos ocupa, el Nueva York de Beneyto es el del realismo irreal de Edward Hopper; es también el de Andy Warhol y el Pop Art, el del MoMA y la Frick Collection, el de Woody Allen al clarinete, el del blues y el jazz, el de los cantos espirituales negros, el de las bellas y elegantes mujeres afroamericanas, el de los “ejecutivos en mangas de camisa y la corbata floja y ladeada”, el de las prostitutas y los vagabundos. Es un Nueva York onírico y surrealista. Pero es a la vez un Nueva York sensual y sensorial, muy realista, que apela a los cinco sentidos, entre los que priman la vista y el oído, seguidos estos por el olfato, conductor privilegiado de los recuerdos.

Mediante la “memoria olfativa” el dibujante-guionista alza el vuelo y salva las distancias espacio-temporales. Sin embargo el tiempo también vuela y la muerte acecha. De ahí, quizás, la exuberante vitalidad de estas narraciones, que no emiten juicios morales, sino que se limitan a recomponer ciertos instantes de la realidad neoyorquina. En definitiva, lo que quiere el poeta-narrador es “no sólo saltar, bailar, gritar y comerse con júbilo (…) todo lo que se desparrama por las calles. Es también ver una negritud que ríe y al mismo tiempo sufre y sufre. Y estos sentimientos no son obstáculo para que la mirada del narrador se encuentre con una sorprendente mujer que se permite provocar con sus pezones erectos a una nube que en aquel momento se balancea dulcemente por los tejados”.


Culturas 135. LA VANGUARDIA. Barcelona, 19 de enero de 2005.