LOS FALSOS APÓCRIFOS DE ANTONIO BENEYTO

JOSÉ-LUÍS GIMÉNEZ-FORTIN

 

 

Caso insólito el del pintor y poeta Antonio Beneyto, (Cartas Apócrifas, Ediciones Devenir. Barcelona, 1987) porque, sin que su pintura sea literaria ni su escritura pictórica, ambas son expresión de un mundo personal que sólo puede manifestarse en plenitud desde una estética en la que el arte se interrelaciona sin compartimentos estancos. Caso insólito, porque esta estética, pese a hincar históricamente sus raíces en movimientos perfectamente delimitados –el surrealismo y sus espléndidas epifanías barcelonesas de los años cincuenta–, en manos de Beneyto adquiere caracteres de una contemporaneidad perfectamente al día: recuérdense sus más recientes pinturas negras o léanse sus Cartas Apócrifas, que han aparecido en la colección de poesía Devenir que edita y dirige Juan Pastor.

Las cartas de Beneyto son, también, insólitas en muchos sentidos. Porque son cartas, en una sociedad en la que los escritores rara vez exponen en vida a la luz pública su correspondencia; porque son apócrifas, pese a estar escritas desde la más desencarnada intimidad de su autor; y porque son falsos apócrifos, desde el momento en que a través del juego o recurso literario del apócrifo, los textos de Beneyto desmienten las reglas del juego de todo apócrifo. Es como si la falsa vida de Josep Torres Campalans, de Max Aub, resultara al fin y a la postre la vida auténtica de un auténtico genio llamado Josep Torres Campalans. Con la diferencia de que aquella biografía tenía por objetivo el escarnio de la crítica de arte, y las cartas de Beneyto están escritas desde un registro autobiográfico y, lo que es más importante, lírico. Dentro, pues, de lo insólito del caso, lo menos insólito es precisamente que esta colección de cartas haya sido publicada en una colección de poesía, junto a los poemas de Siles, Bernier, Lasse Söderberg o Artur Lundkvist.

Un registro antilírico

Ocurre, sin embargo, que el registro lírico de Beneyto es un registro elaborado desde el prosaísmo y el antilirismo, desde el desplante, la agresión, el insulto incluso, que alcanzan su mayor efectividad precisamente al estar sabia y astutamente combinados con la expresión de los matices anímicos y sentimentales más íntimos. La fórmula, de tan antigua –se remonta a la poesía urbana de los latinos–, se hace irreconocible y absolutamente novedosa. La prosa antilírica de Beneyto a algún lector podrá recordarle los mejores textos breves de Cortázar, y entonces Cortázar puede impedirle el recuerdo de Catulo, y viceversa. No es, en cualquier caso, una escritura común entre nuestros poetas, ni entre nuestros prosistas, pero, sobre todo, no es común entre quienes practican eso que se ha dado en llamar poema en prosa. Un poco al azar, selecciono un fragmento acaso ilustrativo: “De no haberte hablado con el lenguaje soez de Capnión, pienso que tú ahora estarías aquí a mi lado leyendo ‘Capnión sirve de verbo mirífico’ y acariciando los lunares de mi espalda por aquello de tu vieja afición al dibujo” (“Carta a Dra”).

Pero quizás el texto mas “mirifico” de este breve libro sea la espléndida y estremecedora “Carta a Protágoras”, en la que su autor, muerto y resucitado tras una insistente meditación con una soga al cuello, colgado de una viga, le explica al ser amado por qué no va a cantarlo-maldecirlo con poesía de “versos”, y concluye: “Y ahora. Protágoras, ya experimenté bastante rato colgado de la viga y por ello estoy dispuesto a bajarme y lo hago: mira, cuando me llegue la muerte de verdad pienso que no la voy a sentir porque cada vez que me subo a la viga es como morir un poco, aunque yo me crea que estoy solo ensayando con la muerte”.

Pienso que es una lástima que Beneyto pintor nos robe a los lectores la posibilidad de más originales, y no porque no disfrute su pintura, sino porque en este instante defiendo el punto de vista de los lectores. Pero sospecho que una mayor productividad del escritor, una mayor profesionalidad, estaría en contradicción con la autenticidad de un artista que nunca ha escrito por escribir y que precisamente por ello, escribe lo que escribe y en la forma en que escribe, desde una cierta marginalidad que constituye la esencia y la garantía del valor de su obra. Valor en el sentido de valioso y en el sentido de valiente.

LA VANGUARDIA. Barcelona, 17 de diciembre de 1987.