UN TROZO DEL LABERINTO INQUIETANTE DE NEW YORK

ISABEL GARCÍA CLAVERO

 

 

Una cosa es lo que un artista dice en su forma estructural aparente y otra el sentido, lo que verdaderamente dice cuando se deja llevar por su “imaginación creadora”, compensadora de su parte consciente, conceptual, de pura técnica o raciocinio. Leyendo la prosa poética o la obra pictórica de Antonio Beneyto, siempre me viene a la mente lo que arguyó Juan Eduardo Cirlot comentando su obra: que su mito dinamizador, su dramaturgia simbólica de actitudes interiores y exteriores es la del Laberinto.

Còdols en New York, colección “Biblioteca Íntima”, March Editor, Barcelona, 2004, sugiere las piedrecitas, los cantos rodados que deja Pulgarcito en el bosque, el hilo de Ariadna en el Laberinto de Minos, en donde entró Teseo para vencer al Minotauro. La asociación tradicional del laberinto con la caverna, habitáculo reminiscente de la matriz primigenia, (Hay varias matrices cerradas en sus dibujos), muestra que el Laberinto debe permitir el acceso al centro de lo más misterioso del Yo psíquico mediante un viaje iniciático, esencialmente transformador. Si no hay transformación del peregrino, lo narrado pertenece a dos mundos paralelos.

Pues bien, el narrador se emborracha y, en este segundo viaje del autor, recorre New York con suma tranquilidad y en silencio… pero siempre en tonos negroides y grisáceos como en los años 80. Una posible compañía sólo es sugerida dos veces, el narrador parece ir solo, aunque al final parece haber perdido su hilo.

Esta vez nos muestra un trozo de laberinto cavernícola más que rectilíneo, pero sin alcanzar un centro sagrado. Para huir de un régimen dualista de la imagen, el texto nos lleva a pequeños escenarios de un New York más hermético y menos angustioso pero no por ello menos inquietante, de negros despatarrados y de coloridas putas, sin dejar de percibir la cercanía de los hombres con corbata floja que atraviesan los parques sin mirar a nadie, insípidos y vulgares miembros de centros de negocios de un paisaje opuesto.

Beneyto realiza una pequeña obra de arte del mundo actual cada vez más polarizado y del que nos muestra pequeños oasis, còdols, desde la perspectiva de voyeur siempre mirando, observando, contemplando desde una cierta lejanía, sólo interrumpida por pequeños conatos de copulación, unas veces al aire y otras con dos putas, que es igual. Hay un rechazo a la confusión, más bien de fusión con el mundo negroide y colorista, como si el narrador tuviera miedo a la pura mezcla. Por algo el final se aleja del mito de Hermes, tan cooperante en la visión de los contrarios, para mostrarnos una salida suicida de un mundo impenetrable, algo que se aleja de una parte importante de la obra a la que nos tiene acostumbrado el autor, y en la que percibimos mucha curva y líneas inclinadas que sugieren un viaje de vuelo confiado o de descenso en tobogán divertido, huyendo de las líneas paralelas y dualista que llevan a la huída por una muerte traumática y no transformadora.

En esta obra, sus seres han dejado de flotar y de encarnar bellísimos colores de un arco iris eufemizador de la angustia vital, para transformarse en seres pertenecientes al mundo de una sociedad castrante. Piedrecitas, còdols, no dejan de ser eufemizaciones y huidas de un mundo real visto como asfixiante y castrador y representado, por ejemplo, por las mesas de ajedrez y sus hombres blancos que dan jaque al hombre negro.

Piedrecitas son el sabor mediterráneo, los momentos de armonía que consigue con el ritmo de su banda Woody Allen, a pesar de que Michael’s Pub, su local, es una bochornosa dictadura; un Washington Square para revolcarse sobre la hierba; los recuerdos de los olores de Valencia; la música de Terra Blues de Bleecker St.; los picnics de Manhattan son una gran fiesta de feos pringosos; el MOMA, toda una perfomance en manos del narrador semejante a la Catedral, en donde se pasean turistas entre bancos en los que duerme y ronca con la boca abierta un gordo atroz.

Él mismo dice que es una narración bajo el signo del caos, aunque no exento de cierto hilo de esperanza, en esos pequeños remansos del vientre de New York que son los còdols.

Derrida nos dice que no existe una identidad pura que pueda simplemente oponerse a otra identidad pura con la que mantiene una relación de dominancia, sino que la identidad está siempre contaminada por el otro o lo otro, que aparentemente le es ajeno y diferente. Dejo a la perspicacia de los lectores esta perspectiva derridiana…

Simplemente, señalar que el capítulo de New York postal múltiple es precedido con el reconfortante dibujo de un Hermes con su caduceo, con un elixir dionisíaco, sin alas en los pies, y descalzo (el Hermes mitológico griego va calzado con sandalias aladas) y, como final de la narración, otro guiño pictórico-hermético de un ser sonriente provisto de un falo reconfortante y con un pie calzado ¿y alado? que nos indica que puede existir una salida del laberinto integradora de los contrarios. La aventura iniciática está incompleta. El narrador permanece fiel a sí mismo desde el principio hasta el final ¿o no?...

REVISTA BARCAROLA. Albacete (La Mancha), junio de 2005.