LOS CUERPOS IMAGINARIOS

RICARD RIPOLL

 

 

Antonio Beneyto, como el ave fénix – o mejor : como el Ouroboros, serpiente que se muerde la cola y representa la regeneración perpetua –, no cesa de renacer en un movimiento que supone creación, sustentación y destrucción. Es sin duda un pintor-escritor singular que, partiendo de las enseñanzas del Postismo – el primer movimiento de vanguardia en España después de la Guerra Civil –, las lleva al límite de sus posibilidades estéticas y las trasciende en una sublime antropofagia, en una permanente superación de sí mismo que lo sitúa, en la década de los setenta del siglo veinte, en el “filopostismo”, junto con Arrabal y A.F. Molina.

Manchego de nacimiento, Albacete, y catalán de adopción, Beneyto vive entre dos culturas, y también se alimenta de una gran pasión por la literatura francesa. Su infancia transcurre entre su ciudad natal y Alcoy (Alicante). Desembarca en Barcelona, desde Palma de Mallorca, en febrero de 1967 y ya se instala definitivamente en la ciudad condal en donde vive y trabaja.

Beneyto es puro movimiento que, a la manera de la espiral, vuelve una y otra vez sobre sus numerosas identidades sin fijarlas nunca en un único lugar que pudiera encerrarlo. Bebe de la sed de los demás y se alimenta de palabras y dibujos. En su espacio vital aletean las voces de Lautréamont, Alfred Jarry, Henri Michaux, Boris Vian, Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Ramón Gómez de la Serna, Juan-Eduardo Cirlot o Joan Brossa.

La página de su imaginación es una tela negra, como un homenaje a Goya, sobre la que aparecen unos seres entrañables que hablan a través de sus propios textos. Seres dobles que pueblan toda la obra de Beneyto, como referencias a los principios masculino y femenino, al Yin y Yang, pero en un principio con rostro humano, con perfiles reconocibles, inscritos en un género bastante definido que se modificará a lo largo de los años, hasta dejar entrever el monstruo, el híbrido, poniendo frente a frente lo humano y lo animal, lo blando y lo duro...

A partir de 1980, los colores se vuelven más vivos, el verde impone su extrañeza caracterizando a seres llegados de no se sabe donde, seres con la cabeza llena de falos, criaturas alrededor de las que vuelan moscas fálicas o entes que se agarran a la tierra por los mismos sexos que parecen prolongaciones secretas de cuerpos deformes. Los sexos se vuelven lianas, raíces o tallos a modo de parodia de los “pilares vivientes” de Baudelaire que en Beneyto pierden toda trascendencia sagrada.

Poco a poco, los personajes de Beneyto dejan entrever unos rostros extraterrestres, como si fueran divinidades del más allá que, desde la lejanía, aportan al espectador todo un horizonte de fantasmas. El monstruo se esconde tras los cuerpos abiertos ofreciendo la negación de toda pureza, el cuerpo y el espíritu se mezclan y del amasijo surgen sexos salvajes: son cuerpos donde lo humano ya no es más que un recuerdo, el sello de un pasado lejano.

Con el tiempo, Beneyto muestra la liberación del cuerpo, en su pintura y en su escritura. Lo duro se sustituirá paulatinamente a lo blando y el cuerpo doble manifestará la obsesión de la erección. La tierra se hará más presente: cuerpo y paisaje se confundirán.

Esa presencia de lo sexual se hará evidente a principios del 2000 y su libro Tiempo de Quimera, publicado en el 2001, es en ese aspecto significativo. Se trata de 55 textos cortos que cuentan una relación pasional entre un hombre y una mujer, en el espacio cerrado de una habitación. La técnica literaria de Beneyto es similar a la pictórica, ambas basadas en la multiplicación de los puntos de vista, diversificando los espacios para construir los contornos de un erotismo festivo. Los cuerpos se funden en el azul reinante, ya no son más que trazos negros o blancos, una suerte de borde que no limita nada sino que más bien destaca los cuerpos del fondo, como si una mano inocente se hubiese divertido inscribiendo en el azul del cielo, con tiza mágica, la presencia de un deseo indestructible.

Con Tiempo de Quimera, Beneyto establece un universo de palabras entre las que se vislumbran algunas de sus referencias: el poeta austriaco Georg Trakl, Gaston Bachelard (“La vida es la discontinuidad de los actos”), Heidegger (“el azul es la luz que existe en el interior de la oscuridad”), Apollinaire (y sus Once Mil Vergas), Raymond Roussel, Marcel Duchamp, Josep Palau i Fabre, Leonora Carrington y Lautréamont.

La escritura creará el cuerpo, esa quimera que se viste de maravilloso. La tela, blanca, es el espacio del palimpsesto donde se funden la letra y el color, la palabra y el trazo. Para Beneyto, crear el cuerpo es ponerlo a distancia por el acto sexual y por el acto de escritura, ambos de igual importancia, ya que suponen el encuentro único de todos los cuerpos: real, imaginario y simbólico, a través de la expulsión: esperma, pintura o escritura.

Pintura y escritura fundan el espacio donde se manifiesta la tensión de los cuerpos, donde se impone la violencia de las erecciones, donde desfila el sexo visto, descubierto, ofrecido al espectador. Es una escritura visual del deseo, casi teatral, en donde los elementos masculino y femenino se unen hasta crear con la mirada del Otro la tercera persona que ya no es sexuada puesto que tan solo puede ser imaginaria. El lector, por lo tanto, participa en ese juego de desaparición, de borrado, de supresión de los cuerpos reales; él es quien controla, mediante ese yo, el juego – la fricción – de los amantes que así inventan el andrógino. El lector, con la presencia de su mirada en el texto, sobre la tela, se convierte en monstruo con dos sexos.

Entonces hay que leer la figura del doble como enigma para aquél que lo percibe. El Otro, mirón prisionero de los extremos de una pasión obsesiva, puede escoger y orientar su mirada. En definitiva, es él quien crea el sentido, en la tela como en la página. Espectador de su propio destino, la tercera persona, descrita como mirada, evoca al lector que ve como el texto discurre en imágenes y a la vez al observador que se inmiscuye en el lienzo llenándolo de su no-presencia. Ese vacío crea el cuerpo imaginario por el cual se abre el espacio plural del goce.

La serie de pinturas negras, de 1986 y 1987, expone esa mezcla de miembros, esa arborescencia de órganos, esa ramificación de identidades en donde una pierna es al mismo tiempo un cuerpo entero, en donde las cabezas se multiplican para inventar un ser imposible, más cercano a la planta que al hombre.

Así pues, Beneyto evoca erecciones creadoras que juegan con la hibridez. Que transforman lo humano hasta llevarlo a lo vegetal o lo animal, como si Maldoror naciera de esa penumbra. ¿No dijo Lautréamont, al principio del Canto IV de Los Cantos de Maldoror: “Es un hombre o una piedra o un árbol el que se dispone a iniciar el cuarto canto”?

Los personajes de Beneyto, en la mayoría de sus dibujos, parecen desear amoldarse al espacio exiguo del papel o del lienzo. Como la vida misma, los espacios nos encierran y para sobrevivir a la insignificancia, a la pobreza intelectual, a la miseria de los actos cotidianos el cuerpo busca su extensión y se retuerce hasta encontrar su mejor posición: la de la espiral que permite crear el infinito en un movimiento incesante. Es la posición fetal que supone el despliegue posterior del cuerpo que estaba a la espera de la luz: cuerpo curvado, sin forma definida, aún por venir. Y es también el repliegue de un cuerpo feliz, en simbiosis con el de la madre, ahogado de felicidad, feliz hacia adentro.

Lo que hace de Beneyto un creador único es esa concepción, diría patafísica, del cuerpo que desemboca en un universo muy particular donde los géneros se desvanecen, donde los monstruos se humanizan, donde siempre apunta lo híbrido. Quizá, los dibujos de Beneyto permitan una lectura filosófica, una reflexión sobre lo impuro. Él es ese animal híbrido, sin sexo o con el sexo agresivo, ejemplo de lo paradójico, de lo fortuito, todo ojo, observador de las realidades inestables. Un cuerpo venido de fuera y que busca a sus hermanos. Pero los busca para instaurar un proyecto lúdico, una fiesta interminable de las pieles, más allá de las celdas erigidas por la angustia, el miedo o la fe ciega.

Cada acto de Beneyto es un acto de autofecundación que busca el equilibrio, como un poeta que siempre se mueve entre dos aguas, a punto de caer al vacío, desafiando la ley de la gravedad y las habituales mediocridades que nos animalizan.

Algunos antropólogos han querido ver en el mito de la serpiente Ouroboros la separación entre la civilización y la barbarie, indicando que las prácticas de canibalismo sitúan el límite entre dos modelos sociales y filosóficos. Pero sin duda hay que tratar ese mito a partir de la imagen fantasmagórica y ver en la serpiente que se come a si misma una forma de perfección que, contrariamente al circulo, se puede abrir y cerrar en cualquier momento para dejar paso a lo exterior. El fantasma de auto-deglutirse, aplicado a los cuerpos que se buscan, indica que la pasión puede nacer del encuentro de ese otro que nos permite ser y llevar a cabo aquello que no sería posible realizar sin su presencia.

Beneyto, con sus dibujos, muestra la no-presencia de lo humano, de lo anecdótico, de la historia personal que él, en términos derridianos, deconstruye, apostando por una disolución del ser que podrá inventar al Otro, al cuerpo imaginario que indica el lugar donde el vacío se llena de sentido: “nada habrá tenido lugar salvo el lugar” (Mallarmé).

A partir del año 2000, Beneyto reúne todas las temáticas precedentes y las funde en el ocre de la tierra, separa los elementos para mostrar mejor la complementariedad, deja entrever la fisura. La mirada crea una potencial unión de los contrarios.

Los dibujos de Beneyto, en esa figura de auto-felación perpetua, enseñan que la forma también produce placer y que el universo cabe en el espacio reducido de una página. Beneyto, con sus 69 modelos para amar, nos pone delante de un espejo, y ya no sabemos si estamos aquí o allí. Como Chuang-Tse que no sabía si él había soñado que era una mariposa o si era la mariposa que pensaba haber soñada ser Chuang-Tse.

¿Sería entonces Beneyto un pensador taoísta?

Quizá un día soñó que era Li Po y que, besando el reflejo de la luna en el lago, pensó que abrazaba el infinito. En todo caso, el Ouroboros plantea un viaje interminable hacia uno mismo, hasta el centro de un microcosmos que sin fin multiplicado representa el macrocosmos que no podemos abarcar. La belleza nace de esa voluntad de conocer el espacio de los imposibles.

Sin duda, Beneyto es un libre-pensador que propone una nueva razón, la del cuerpo emancipado. El cuerpo para él no puede ser otra cosa que el lugar de un goce anti-autoritario.


R. R.