FIGURAS DUALES

CRISTÓBAL SERRA

 

Dónde no sé, pero tengo leído que en un desierto americano hay caballos que comen una mala hierba que cambia su naturaleza de un modo espectacular. Los cuadrúpedos ya no son los mismos, su visión queda alterada, caracolean más de lo ordinario, dan brincos descomunales al pasar a través de los matorrales, y dan de bruces ciegamente en los ríos. Además pasa que los caballos que acaban siendo adictos de esta mala hierba son apartados por los otros como si fueran apestados, y por lo mismo ya no se integran más en la manada.
Permítaseme aplicar esta imagen caballuna al mago y metamorfoseador Beneyto. Y por encima de todo, empecemos por alegrarnos de que haya hombres de la especie visionaria, que están más conscientes que otros de que hay otro mundo, el mundo de la distorsión y de la forma rara. Estén o no poseídos por el veneno de la mala hierba. Lo que importa es lo que ven.
La naturaleza, cuando se pone a ser rara, es como Beneyto: se ríe a pierna suelta de nuestra aprobación. Por lo menos, no nos pide nuestra opinión. Y será por esto que admiramos sus creaciones. Y será por lo mismo que la creación sigue desde aquellos primeros seis días.
Beneyto es muy humorista y, aunque nos parezca duro, no tiene el corazón de piedra. Sabe hacer caricaturas despiadadas, y le gusta jugar con el monstruo, pero el hombre no se extravía, no pierde el norte. Yo creo que tiene cierta medida en su ojo, y que esto le salva.
Yo estoy seguro de que es febril su indagación en el campo de la técnica. Por eso a mí me da Beneyto la impresión (perdónenme una vez más el símil animalesco) de una abeja solitaria, que lleva una vida diligente muy suya. Hay abejas solitarias en la gran colmena humana. Y Beneyto es una de ellas.
Todo lo que pinta Beneyto bajo los cielos o colgando de los cielos, como pingajos lúgubres, son formas a cuerpo perdido lanzadas al espacio. Son rúbricas del diablo unas veces, y otras simplemente fantasmas de la especie que el diablesco Beneyto ha suscitado en los cielos.
Beneyto se complace mucho en la dualidad funesta. Es un pintor de figuras duales. Pitágoras no le hubiera dejado entrar en la secta pitagórica, enemigo como era de la dualidad, a la que tenía por demonio y maldad.
Beneyto confiesa que se sirve del té, del café, del palo campeche, de lo que sea, para pintar fondos. Lo que no ha dicho es cómo pinta esos negros fondos goyescos de sus cuadros. Me temo que un día nos salga pintándolos con tinta de jibia… Si un día explota este procedimiento y pinta a la luz de una linterna ahumada, qué no hará el sorpresivo Beneyto.


C. S.