Van tocados o destocados; simbióticos, comulgan en vasos comunicantes, o contraponen sus volúmenes en un equilibrio espacial de aspas o de balanza. Son las criaturas de Beneyto: el negativo fotográfico de Nueva York. Participan de lo humano, de lo animal, de lo objetual y quizá incluso de la iconografía de lo extraterrestre. Sin embargo, sus poderes esenciales son plásticos: el negro y el blanco —y, claro está, la gama de los grises— poseen aquí, increpantes en el lienzo, una capacidad de imantación poética y mediúmnica que es tributaria, más que de lo insólito y turbador de las formas, de su pleno existir como signos cromáticos que son ideogramas del enigma. Viene aquí a cuento una advertencia que J. V. Foix formuló a propósito de Joan Ponç: No és pas ben bé pintura literària. No; eso no es exactamente pintura literaria, ni lo es del todo. Cuando la imaginación combinatoria para suscitar criaturas oníricas resulta tan llamativamente poderosa podría sentirse uno inclinado a creer que le atrae la concepción más que su ejecución propiamente pictórica, el don de la inventiva —que es común, en el caso de Beneyto, a expresión plástica y expresión verbal, puesto que se trata de un poeta de la palabra además de un poeta de la imagen pintada— más que lo que de dicho don deriva en entidad plástica y visiva, para adoptar el término luliano. Pero no ocurre así en Beneyto: la fascinación de su arte no deriva de la genérica sensación de extrañeza que pudieran despertar en nosotros sus imágenes selenitas, sino de lo que estas imágenes resultan ser en cuanto manifestaciones del volumen y del color (por relativamente reducido que sea éste ahora en su gama) en el espacio pictórico, o incluso —el caso de las esculturas— en el espacio tridimensional, esto es, en el ámbito de nuestros propios movimientos. Unos pintores aspiran a suplantar la realidad; otros, a competir con ella; otros, a reproducirla a escala microscópica y agrandarla luego; alguno hay que, procurando crear un duplicado de ella, sabe que su meta es lo irremediablemente irreal. Beneyto ha alcanzado —escriba de aquello que Foix, precisamente, llamaba lo real poético (el real poètic)— el logro esencial de hacer existir, en óleo o en escultura, un orbe al que cuadran admirablemente unas altas palabras de Jorge Guillén: Un más allá de veras/Misterioso, realísimo.

Pere Gimferrer