En mi habitual café. Al fondo, para ocultarnos de la mirada de ella. Todo fueron miradas vigilantes. Nervios... Ya entre las cuatro paredes: palabras, enredo de cuerpos desnudos pringados (untados) de Filante , kocham cie, ; buscándonos con humor todos los rincones del cuerpo; y las sábanas marcadas a rodales aceitosos, por nuestro barullo o desequilibrio sexual. Desequilibrio hermoso y excitante porque Airun gozaba resoplando de placer, al sentir la penetración profunda, larga, pero siempre suave y tierna.


Sí, siempre juntos. Arrugados el uno contra el otro. Me habló de ella, la que recorre una y otra vez el pasillo. También me habló de su madre, de sus bellos ojos azules, del novio argentino que tiene, a pesar de que sigue viviendo con su marido, el padre de Airun.
Le paso para la lectura un libro de Guillaume Apollinaire. Igual que compartimos los sentimientos y el sexo deseo que leyendo las páginas de Las Once Mil Vergas lleguemos también a compartir y disfrutar algunas lecturas; y para inquietarla o por placer dibujé su cuerpo desnudo en la entradilla del libro con el siguiente texto: Cuando Airun bailaba en solitario sobre el color verde de su cuerpo.


–¿Llamará Airun? ¿Vendrá? –Llamó, pero no apareció. Vendrá mañana. En principio había pensado no encontrarme con Airun, pero no pude resistirme y fui a su encuentro. Ella, la que nos presentó trató de interponerse entre nosotros pretendiendo encarcelarla, pero al fin nos vimos: sorpresa + maravilloso... ¡Cuánto amor, cuánto!