LA OBRA NO TIENE TÍTULO

 

Prólogo:
Creadores raros o literatura de vanguardia.

 

Personajes principales:
Joan Brossa, Cristóbal Serra, Henri Michaux, Boris Vian, Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Antonio Fernández Molina, y Manuel Pacheco.

 

Historia:
Mi voz narrando.

 

Epílogo:
Homenaje al personaje principal:
JOAN BROSSA
jugando con el abanico entre mis manos.

 

Baja el telón.

ANTONIO BENEYTO

 

 

CREADORES RAROS O LITERATURA DE VANGUARDIA

(Joan Brossa, Cristóbal Serra, Henri Michaux, Boris Vian, Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, A. Fernández Molina y Manuel Pacheco).

Ocasión esta para abrir la boca y ya no cerrarla. Ocasión esta para subirme encima de esta mesa y quedarme una hora en silencio. Ocasión esta para ver qué hacen ustedes conmigo, que debo hablarles de escritores raros, que es como decir literatura de vanguardia. Ocasión esta para hacer aparecer por la bocamanga de mi chaqueta un camaleón, o mejor un reloj y un cuchillo y decir que aquí se acabó ya todo, que el tiempo se rompió. Ocasión esta para hacer cualquier número de prestidigitador e intentar sacar del bolsillo de mi mente algunas letras y con estas formar unas palabras y con estas palabras ¡diablos! construir unas pequeñas oraciones y después qué... otra vez lo mismo: Palabras. Ocasión esta de presentarles a algunos escritores raros o de vanguardia; sólo a algunos, pues el tiempo me agobia.
En fin, ocasión esta para empezar diciendo que hace ya tiempo; sí, desde antes de que surgiera la literatura de compromiso, testimonial, social, realista, objetiva, y aquella en la que como autor también me vi envuelto; como digo, antes de todo esto, andaba rebuscando textos de escritores y poetas apenas conocidos, apenas barajados en los círculos de mi generación (salvando alguna que otra honrosa excepción), cuando descubrí que estos escritores, estos poetas, poco conocidos y un tanto raros, se pusieron de moda e intentó todo el mundo conocerles y sacarlos de su condicional olvido.
Pero, desgraciadamente, estos raros aún siguen siendo desconocidos, pues, precisamente no hace mucho tiempo cité de pasada a algunos de estos autores, mis raros, a un grupo de poetas que dicen que van por la vanguardia y cuánta sería mi sorpresa al ver que mis raros escritores todavía son ignorados por aquellos otros poetas que se dice están en la vanguardia. ¡Qué más vanguardia que Macedonio Fernández, Henri Michaux y el mismo Joan Brossa!
Sin embargo, existió un escritor, Ramón Gómez de la Serna, otro raro, que en vida se preocupó con harta frecuencia de bucear en los textos de algunos de estos extraños autores. Él tomó contacto, al principio, a través de las cartas, y después con su presencia al otro lado del Atlántico, Buenos Aires, con Macedonio Fernández y Oliverio Girondo, dos raros del Río de la Plata. También con Rubén Darío, con el poeta nicaragüense, que, en su singular libro Los raros (1905), se preocupó de sacar a la luz todo un abanico de creadores extraños, entre otros, al sorprendente y descarado Conde de Lautrèamont.
Últimamente hurgaba entre algunos viejos libros de Ramón Gómez de la Serna, cuando encontré al autor de las Greguerías haciendo una extraña y a la vez hermosa pirueta en lo alto de un trapecio (también sin emplear red) al tiempo que dejaba caer las palabras: La prosa debe tener más agujeros que ninguna criba, y las ideas también. Nada de hacer construcciones de mazacote, ni de piedra, ni de terrible granito que se usaba antes en toda construcción literaria. Hay que romper las empalizadas espesas. Todo debe tener en los libros un tono arrancado, desgarrado, truncado, destejido. Hay que hacerlo todo como dejándose caer, como destrenzando todos los tendones y los nervios, como despeñándose. Lo inesperado, la suerte bien echada, sólo estará barajándolo bien todo, dejándonos barajar con todo y cortando por cualquier parte. Sólo haciendo esto con verdadera limpieza jugaremos limpio, seremos honrados en el juego... Y Gómez de la Serna sigue aún diciendo y dando normas de cómo hacer una auténtica y verdadera literatura de creación, y que es en realidad la escritura que actualmente renace ante los ojos de todos, cuando hace años, a finales del siglo XIX y principios del XX, hubo poetas y escritores que creaban obras de ficción de gran valía y singular interés; y estos autores han estado y aún están ocultos y arrinconados (por más que se diga) como si se tratara de extraños animales. Resolver una cosa por el ingenio, o por la estética, es falsearla. Deben resolverse las cosas como no resolviéndose, saliendo al vacío de vez en cuando, dejando entrever las grandes plazoletas de silencio, de olvido, de tontería, de incongruencia, de luz demasiado blanca, de espacios increados.
Ramón Gómez de la Serna ya en el año 1927 nos descubre algunas de las cosas, algunos de los incrementos que se deben usar para hacer la auténtica y verdadera literatura, y no la habilidad para construir espacios increados, sino haciendo grandes y espaciosas salas, cuadradas, rectangulares, o poliédricas, pero repletas de  puro espíritu creativo, envuelto entre el humor, la sátira, lo fantástico, y todo aquello donde lo real se transforme, sin apenas darnos cuenta, en una mágica irrealidad.
Algunos escritores adolecen de que no quieren descomponer las cosas y no se atreven a descomponerse ellos mismos, y eso es lo que les hace timoratos, cerrados, áridos y despreciables. Hay que permitirse el desorden, la descomposición, el barroquismo sincero, y esto desde hace años, es decir, mucho antes de que fuese un poco barroco, dice Ramón, y desde luego en parte suscribo este criterio, pues considero escritor raro aquel que construye sus textos, sus poemas, bajo el signo del caos y de la imaginación. Haciendo que el verbo sea el instrumento en el juego, en el trabajo.
El escritor debe barajar también con sus ideas, sus conceptos,  para componer y si es necesario, descomponer, destrozar la realidad a través de la palabra, de la imagen: verla diferente, y que él mismo una vez realizada, la obra, la desconozca y esto significará que tomó distancia para desarrollar su objetivo y nunca el lector sabrá de donde salió el material.  

                                    (Pausa. Respirar. Silencio).
   

JOAN BROSSA: ¿Por qué quieres hacer de Judas cuando te fotografían? ¿Por qué te empeñas en transformarte en hoja de papel de periódico que no lees? ¿Por qué clavas un dedo en la pared y con esta postura estás días y días?
Al mig d’una habitació, un gibrell amb patates que el públic s’anirà menjant.
¿Por qué Fregolileas andando y subiendo por las costuras de tu traje?
Ah, si Tàpies te colgara de sus cuerdas, cómo se iba a divertir la gente.
Joan Brossa, poeta y autor teatral catalán, sorprendentemente todavía un desconocido, un creador para inmensas minonías, incluso en su propio país. En más de una ocasión en mis conversaciones y contactos con amigos catalanes he puesto sobre la mesa el hecho Brossa. Y yo les he dicho que en verdad no saben lo que tienen con este  iconoclasta creador. Ellos, los burgueses de la escritura, los ortodoxos, argumentan que emplea una página para escribir uno o dos versos o para plasmar una imagen, y entonces se lo toman a broma. Sin embargo, pienso, que Brossa posee una gran personalidad, pues sus textos (poesía, teatro, sus poemas visuales) son una constante novedad y sorpresa. Sin duda, es un heterodoxo. En la renovación que ha venido experimentando la literatura, también se ve implicada la creación catalana, algunos críticos empezaron a fijarse en su obra, y sin duda también las editoriales, ya que entre otros títulos quiero citar: Teatro (1968), El Saltamartí (1969), Poesía Rasa (1970) y una recopilación de sus Prosas a modo de comentario crítico (1987). Esto, como es de suponer, es muy significativo. Igual que lo es que uno de los críticos que trabaja en Barcelona, Pere Gimferrer, se preocupara ya desde la década de los años 60 de la creación de Brossa, y lo tradujera con regularidad al castellano. Sin olvidar tampoco al prestigioso crítico de Madrid, Rafael Conte, ni a Jordi Coca con su libro Joan Brossa o el pedestal són les sabates (1971), ni a A. Fernández Molina, ni a José Corredor-Matheos, Andrés Sánchez Robayna, Manel Guerrero, Carlos Vitale, todos ellos interesados por cuanto salía del lápiz del poeta y conocedores de su singularidad; y especialmente a Glòria Bordons, que desde su libro Introducció a la poesia de Joan Brossa (1988) me cohíbe con su vasto conocimiento sobre la obra del poeta. Es, sin duda, además de los ya citados, la más eficaz abanderada en divulgar su obra.
Joan Brossa fue y sigue siendo una isla, un caso aparte en la literatura ibérica. Se ha creado un mundo a su alrededor, no ya sólo de su persona, sino también de su obra. Y aparece como el hecho mágico más significativo en la cultura catalana. Aquí está, en pleno territorio manchego, con esta exposición:  En las alturas y sin red.
Entre su peculiar trayectoria también quiero destacar Poemas civiles (1989) y Or i sal (1963), pieza ésta que José María Castellet consideró entre las cuatro más importantes del teatro en lengua catalana posterior a 1939. En 1969 Antoni Tàpies y Joan Brossa realizaron, conjuntamente, un libro en homenaje al genial transformista Frégoli, que fue presentado el Galería Gaspar de Barcelona. Los recitales de Frégoli eran unos espectáculos insólitos de metamorfosis fulminantes. Frégoli fue un auténtico precursor del surrealismo, por la sorpresa constante y la inventiva teatral que arrastraba siempre consigo. Brossa estudió al transformista italiano y encontró que su arte encajaba en su manera de entender la poesía, y esto se podría resumir con aquella frase suya, tomada de Heráclito: El arte es vida y la vida es transformación. Es el lema de Brossa.
Brossa (que en la escuela acabó odiando la literatura porque nada más que le enseñaban las fábulas de Samaniego, poemas retóricos de historia y aquello de: Miraba un niño asombrado, / con expresión cariñosa, / un globo de azul pintado, / por un hilo sujetado, / a su mano cuidadosa... Más tarde se convertiría en un gran lector, pues él aparte de odiar de una forma muy relativa la literatura intuía que había otra cosa. Investigó y encontró, este autor que decía que nunca escribió en el tranvía, y que cuando iba por la calle cargaba las pilas.
 Para llegar a su estudio de la calle Balmes, allá en la parte alta de Barcelona, en un sobreático, hay que pensar que estamos viendo la representación de una de sus piezas o escuchando un poema. La subida al sobreàtico había que hacerla con el ascensor de servicio de la vivienda: entre cestas de verdura, olor a pescado y ajos, y, a veces, miradas picarescas de las criadas de las otras viviendas burguesas del edificio. Y siempre con el extraño ruido que producían los mecanismos, tal vez oxidados, del viejo ascensor. Después de algunas paradas, la máquina, extraña y burlona, nos dejaba en su estudio. Para entrar no hacía falta más que empujar la puerta: siempre la tenía entornada. El espacio de Joan Brossa podía ser el desván de los trastos: allí, en muy reducido lugar, se amontonaban por el suelo los periódicos tejiendo una extraña alfombra de papel. Allí también se podían ver los objetos más extraños en las paredes, ennegrecidas, tal vez, por haber oído las satíricas piezas del autor; y también se veían obras de Tàpies y de Miró, y bellas fotografías de Frégoli, la sombra alargada del transformista, siempre presente.
Fue precisamente en ese estudio de Balmes, que visité en más de una ocasión, donde le hice en 1974 una entrevista para mi libro Censura y política en los escritores españoles, que se editó en Euros (Barcelona, 1975) y posteriormente en Plaza y Janés (Barcelona, 1977). La entrevista comenzaba preguntándole su opinión sobre la censura, a lo que Brossa respondía: -Un freno. Es escribir con un freno puesto... Figúrese un coche que va por las cuestas con el freno puesto. Es un poco pesado viajar así. ¿Cómo puede circular libremente? Hay momentos en que expresarse entre líneas equivale a una mutilación. Perjudicas tu obra y engañas a los lectores que creen en ti, verdaderamente. Una más de las estafas culturales que tenemos que soportar. Cuando podamos ver estos años con la perspectiva necesaria, quedaremos horrorizados. Verbigracia: Portugal. Y concretando un poco más añadía: Algo así como llevar un zapato ortopédico teniendo el pie sano; porque si lo tienes mal, entonces, me parece lógico que lleves ese zapato.  Si no acabará por dañarte. No entiendo esta desconfianza de la censura: ven el mal por todas partes. O quizás es debido a que se sienten inseguros. Cosa que comprendo.... Al final de la entrevista, al interrogarle sobre la nula participación del pueblo español en política, puntualizaba: En el mundo capitalista se intenta frenar el curso de la Historia, pero esto no es posible totalmente... Me da la impresión, que para el gobernante, sobre todo para el gobernante de este momento capitalista, gobernar un país es mucho más fácil de lo que parece; únicamente tiene que cuidar el orden público; el país se gobierna solo, porque la mayoría de los gobernantes o pertenecen a la mayoría silenciosa o lo que les interesa es hacer dinero y ellos mismos se preocupan de que las cosas marchen. Lo esencial del gobernante es vigilar que las peleas no vayan por caminos que sean peligrosos para el Poder. Cuanto más despolitizada esté la gente, mejor. Ahí tenemos el caso reciente de Chile: el interés que tiene el actual Gobierno es despolitizar rápidamente al pueblo. La masa ya se maneja sola para sobrevivir: Hay egoísmos, intereses, pequeñas y grandes ambiciones, que debidamente manipulados actúan de motor. Los gobernantes, además de condecorarse mutuamente y hacer discursos, tienen la oportunidad de enriquecerse a costa de los otros, que ya se ocupan de trabajar, progresar y pagar los impuestos en el bien del país. Hace unos años conocía un capitán de Industria que me explicó cómo llevaba su empresa. Al preguntarle yo si nunca le habían roto la cara sus obreros, me contestó que cuando tiene algún obrero revolucionario que le pide cuentas, los otros obreros se encargan de echarle. Y continuaba:
¿Se ha hecho en España algún homenaje oficial a Picasso? ¡No! De acuerdo que era un español universal y un gran pintor, pero por el solo motivo de tener ideas no gratas al régimen oficial, poco han importado sus méritos y nacionalidad. Otro tanto ocurre en la Iglesia. Habla mucho de tradicionalismo, pero el Carnaval, por ejemplo, a pesar de ser una fiesta muy tradicional y de la cual vivió mucha gente, la han amputado por la simple razón de que no convenía a sus intereses. Ya sabemos que, en el fondo, los problemas de conciencia están hechos para los pobres o los vencidos.

               (Bebo un sorbo de agua).

 

Brossa no improvisaba. Se preocupaba mucho por el estilo, por el trabajo que lleva el poema: si se podía expresar en dos palabras no lo hacía con cuatro. Por otra parte, no le interesaba la novela: la consideraba un género de otra época. Le interesaban más las rondallas populares, donde veía los relatos ideales. El arte de síntesis es el que encontraba propio de nuestro tiempo, o sea, la poesía y el teatro. Amaba la concentración. En cambio, la novela era para él pura dispersión. Solamente una vez escribió un cuento con una historia lineal y un mínimo de introspección: La carta de los reyes. Aquí tengo que abrir un paréntesis y unirle con mi amigo el poeta de Mallorca Cristóbal Serra, que igual que él no es adicto a novelar: el ermitaño mallorquín, como lo llamó Octavio Paz, es otro raro de mi galería personal.
Sobre el teatro brossiano escribió acertadamente Pere Gimferrer: La peculiar fuerza poética de sus diálogos es muy difícilmente traducible, y no solamente por la profusión de frases hechas, que en sí podrían suplirse con equivalentes. El principal problema reside en que Brossa, aparentando servirse de un lenguaje neutro y coloquial, utiliza a fondo las posibilidades de poesía latentes en la fonética y ritmo elíptico del habla popular catalana. También hay que decir que las piezas de Brossa, o poesía escénica, como él la llamaba, son una auténtica sorpresa: son el mundo de Frégoli, el circo, el music-hall, la prestidigitación.

Un ejemplo: SORD-MUT (1947), pieza en un acto dedicada a Arnau Puig.

        (Acto único: Sala blanquinosa. Pausa. Telón.)
 

Y para ir acabando estas apuntaciones sobre el poeta Joan Brossa lo haré a través de su amigo y compañero en Dau al Set, Arnau Puig: La obra de Brossa da la impresión de salir de una Edad Media ideológica para ir instalándose en el mundo que se está forjando para el mañana. Parece que vaya pasando de la alquimia a la física nuclear.

 

Y ahora sí, para finalizar con mi galería de raros no quiero dejar de citar a otros escritores y poetas que también lo son, y que por diversas causas que no viene a cuento explicar en este momento, no he incluido, ni siquiera apuntado, como ya lo hice con Ramón Gómez de la Serna.
Sí, aquí en mi galería de creadores también le correspondería un rincón a J.V. Foix, el poeta barcelonés que se autodefinió como investigador en poesía; Joan Perucho, otro catalán, que conocía a fondo el mundo fantástico, de brujas y que entre cuyos libros publicados quiero destacar uno delicioso, Las historias naturales; Juan Bautista Amorós, o mejor, Silverio Lanza, el escritor e inventor de Getafe. Y no debo olvidar tampoco a Carlos Edmundo de Ory, el poeta maldito de Cádiz en voluntario exilio francés; otro raro es también Gonzalo Suárez, que se mueve entre lo absurdo y lo fantástico, entre el cine y la literatura. Tampoco quiero olvidarme de Dylan Thomas, el viajero, que electrizó a los norteamericanos con sus lecturas y conferencias, siempre rociadas con la rubia cerveza; y cómo olvidar al múltiple Fernando Pessoa, o a Jan Potocki, célebre sólo por su extraño libro  Manuscrito encontrado en Zaragoza, ni a Alejandra Pizarnik, mi más apreciado y sugestivo descubrimiento, que se editó por primera vez en España en mi Colección La Esquina (1969), en la que también apareció Quatre accions espectacle (1969) de Joan Brossa; ni Francisco Ferrer Lerín, que con La hora oval (1971) y Níquel (2005) sublimó la escritura. Tampoco quiero olvidar al sorprendente y tan afín a Joan Brossa, Boris Vian; ni a Manuel Pacheco, allá en su Bajamoros o tal vez en su Badajoz, Cabeza de Castilla, según mi amigo el pintor alemán Will Faber. Y cómo olvidar a los tres raros absolutos de la literatura polaca: me estoy refiriendo, naturalmente, a Stanislaw Ignacy Witkiewicz, o Witkacy como lo conocen los polacos, o también Dandy metafísico, como lo llamaba, el otro raro, Witold Gombrowicz, y ya finalmente a Bruno Shulz. Ellos son, además de raros, los tres mosqueteros de la cultura polaca.
Y ahora sí, para acabar definitivamente, sólo añadir que éstos son los más destacados de mi galería personal, que es como decir que me arrojo desde un séptimo piso y llego ileso al vacío, que es como afirmar que son los auténticos, los de siempre, los verdaderos vanguardistas.
El creador catalán, Joan Brossa, siempre anduvo en las alturas y sin red, como tan acertadamente apunta el enunciado de esta exposición; y es que l’amic Joan Brossa siempre fue un poeta del nostre temps, un poeta con riesgo.