DOS POETAS/PINTORES EN BARCELONA

Marc Sagaert

 

 

Barcelona, Instituto Francés, 3 de mayo de 1999, 11 de la mañana: Beneyto extiende en el suelo su última obra, la que ha realizado durante el fin de semana y que luego se expondrá en la pared de hall de la entrada. Sobre una pintura en papel, de tres metros de largo, el rostro de Michaux, siempre el mismo retrato, aparece como enroscado en el cuerpo elástico de uno de esos personajes enigmáticos cuyo secreto retiene el artista; el mismo retrato varias veces reproducido; de pequeño a grande, del suelo al cielo, de la base a la cúspide del cuadro; un solo rostro y que se parece mucho al que de él hizo un día Gisèle Freund en París, pero que aquí da la impresión de que se escapa de una de las bocas del ser bicéfalo, cuya ganchuda mano acaricia la ascensión.

Henri Michaux, un bárbaro en Barcelona: textos, pinturas y dibujos de Antonio Beneyto, puede leerse en grandes letras moradas en la pared de la galería. Beneyto se entretiene, en un espacio libre de formas, ironizando sobre la condición humana-inhumana de personajes tan excéntricos como improbables, a los que atribuye nombres imposibles de encontrar ni en el más erudito de los diccionarios eruditos, y perturbando, sin dudarlo ni un momento, el orden gráfico y el orden alfabético. A la dulzura maravillada, a la pulpa de los colores responde el pícaro eco de los más puros pigmentos: la risa nunca anda muy lejos, la ironía subyacente. A veces la gravedad aflora, que viene a darnos un abrazo.

En la mediateca, Michaux, está también la mayoría de las veces muy serio, y no se reconoce nunca, sea cual sea el retrato. Los menos conocidos, los más célebres fotógrafos lo han intentado; han soñado con ello. Hay retratos anónimos, como en el que sólo tiene cinco años, en Anvers, su ciudad natal. La expresión de la carita es dulce, para nada deja translucir los primeros furores hacia el odiado vecindario, “retoños de campesinos apestosos”. De aquel que tan mal conoce su rostro, que ni se reconoce, ni desea reconocerse, algunos retratos se han hecho famosos como los de Claude Cahun, Gisèle Freund, o también el de Paul Fachetti… Están los retratos de los editores y de los amigos, Franz Hellens, Jean Paulhan, Guy Lewis Mano o Bruno Roy. Hay una foto sorprendente con Jean Cocteau en el centro. La mirada de Michaux es aquí risueña, los ojos chispeantes de desafío…

La tarde cae sobre este carnet de instantáneas, sobre las primeras ediciones de tantas y tantas obras, sobre un texto de 1927: Qui je fus. Michaux parece una vez más dar “algunas informaciones sobre cincuenta y nueve años de existencia”, escapar de nuevo de sí mismo y de los demás, hacer otros viajes, otros gestos de escritura, y sus signos se agotan siempre en rostros de pesadilla. La tarde cae sobre nuevos fragmentos y todavía somos muchos los que estamos aquí, delante de estas obras al crayolor, estos alfabetos del cuerpo, estas gramáticas fugaces. Sentimos vibrar en nosotros múltiples tormentos, de golpe atracados como estamos a las rabietas de la infancia, al pliegue infinito de los días, al lindero de la noche.

Han venido desde Bruselas, desde Lyon, desde Madrid o desde París.
“Han venido sin suplicar, ni ordenar. Han venido sin pedir perdón, sin parientes y sin víveres…”
Han venido para hablar del poeta: Anne-Elisabeth Halpern, Jean-Pierre Martin, Julia Escobar, Jacques Crion y Marta Segarra.
Han hablado de viajes, de la identidad, de la obra y de su traducción.
Todos han tenido mucha consideración con plume.
De repente en medio de una animada discusión, me ha parecido –o tal vez lo he soñado– oír gritar.
“…Y tú que por ahí llegas. ¿Quién eres, con tu ojo como una cabeza a través de la ventana?.

LA TRIBUNA. Albacete, 28 de mayo de 1999.